jueves, 24 de mayo de 2007

ARIEL FERRARO

ARIEL FERRARO RESEÑA BIOGRÁFICA

Nacido en los Llanos riojanos el 20 de septiembre de 1925, José Humberto Pereyra, a quien todos llamaban Ariel, fue durante largos años una figura central en el quehacer cultural riojano.

Por amor al arte

De espíritu curioso y sensible, supo apreciar el arte en todas sus manifestaciones y no sólo formó parte de aquella verdadera integración que significó el grupo Calíbar en La Rioja, sino que supo tender lazos más allá de las fronteras de su provincia y aun de su país, manteniendo contacto con reconocidos escritores nacionales y extranjeros de la época, muchos de los cuales visitaron estos pagos por invitación suya. Pero no sólo los consagrados tenían cabida en esa amistad generosa; también los noveles poetas y artistas encontraban un lugar en la casa y en el corazón de Ariel. Era un referente ineludible: el escritor Mario Paoletti afirma que, aunque siempre hubo una dirección de oficial cultura, “todos sabíamos que en realidad, la verdadera dirección de cultura la llevaba puesta Ariel Ferraro como se lleva la ropa que uno viste. Autoportante.” (Boletín Nº 7 de la Biblioteca Mariano Moreno- Año 2002).

Sobresale el Poeta

Si bien en sus últimos años, durante el exilio, se diplomó en Ciencias Religiosas en Salamanca y recibió Doctorados Honoris Causa en universidades de países extranjeros, su vastísima cultura y su sabiduría provenían de un autodidactismo tenaz, ejercido durante toda la vida y enriquecido constantemente por incansables y variadas lecturas. Incursionó en el teatro (en Madrid se pusieron en escena dos obras suyas), trabajó en radio y televisión, fue docente superior, editor y crítico de arte, pero fundamentalmente, poeta, y ese ése el título con el que pasó a la historia de las letras riojanas: poeta y de los grandes.

Vientos de cambio

Dotado de un natural talento, sintonizó las corrientes vanguardistas que venían reclamando en Europa y en América una nueva manera de entender el arte, y orientó su poesía hacia formas más arriesgadas y abstractas que, lejos de eludir la realidad circundante, la hacían materia de su creación. Ariel fue el gran renovador de la lírica en una provincia en la que las hondas tradiciones encasillaban también las formas literarias, temerosas de romper los moldes estéticos aceptados por el público. Asuntos locales y universales pueblan sus poemas, con los que demuestra que no hace falta el costumbrismo o el simplismo paisajista para nombrar la tierra natal.

Con la producción de Ferraro, un lenguaje nuevo y sorprendente asomó en la poesía riojana y concitó la adhesión de las nuevas generaciones; actitud que, felizmente, sobrevive en los (pocos pero buenos) verdaderos poetas que tenemos.

Exilio y regreso

Acaso, en aquellos tiempos de bonanza, no imaginó este viajero infatigable, que una de las más logradas metáforas de sus versos, el exilio (me refiero a “Exilio submarino” en “Antepasados del Insomnio”, Losada, Buenos Aires, 1966.), se haría carne en él y su familia en los años más absurdos y crueles que aún debía atravesar la historia argentina (época asombrosamente vislumbrada por él mismo en uno de sus poemas).

Y si bien pudo regresar a la patria juntamente con la democracia, el alma del poeta había quedado marcada por aquella herida a la que se sumaban tantas ausencias, y su vida se apagó en la tristeza de no haber encontrado, con el regreso, el mundo dejado al partir.

Ariel Ferraro (José Humberto Pereyra) murió el 4 de noviembre de 1985.

Principales obras:

Serenata de greda (1945)

La Rioja innominada (1960)

La música secreta (1962)

Visitación a Marc Changall (1064)

El Rabdomante (1966)

Antepasados del insomnio (1966)

Las aventuras congénitas (1975)

Ceremonial para arqueólogos ebrios (1983)

Antología Poética (póstumo) (1997)


Marcela Mercado Luna

miércoles, 18 de abril de 2007

"Obras encogidas" de Marcelo Lacasa

Libro: Obras encogidas
Autor: Marcelo Lacasa
Editorial: Nexo

Siendo la novela un género poco cultivado en La Rioja, es de saludar con entusiasmo un libro que la contiene por partida doble, ya que son dos las nouvelles que se dan maña para entrar en un solo volumen, e integrar estas “Obras Encogidas” de Marcelo Lacasa, un título hábilmente interpretado por la ilustración de tapa del editor, que con tan buena presentación, amerita el perdón por algún error tipográfico deslizado entre las páginas. Se trata de Mil nueve setenta y tres y La manzana de los cuerdos, publicadas por separado en 1990 y 1992, respectivamente.


Mil nueve setenta y tres
Transcurre esta novela en la ciudad de Aimogasta, a la que –sin demasiadas intenciones de despistar– el autor prefirió rebautizar como “Araugasta”, salpicándola de unas cuantas alusiones histórico-geográficas por si a alguien le quedaran dudas acerca del espacio elegido para la narración. Así, las referencias a Severo Chumbita como el héroe del pueblo, al olivo cuatricentenario como símbolo y síntesis de la historia del lugar, a los bordos de Talacán, los canales, las fincas... conforman el marco inconfundible en el que se mueve un grupo de personajes que ponen en juego sus sueños, intereses y fracasos, que, en mayor o menor medida, se vinculan con la actividad económica de la zona.
La local y eterna pulseada entre los pequeños productores aceituneros y los grandes industriales es la causa de los desvelos de Hugo Casal, el joven protagonista de la novela, que –acunando sueños de héroe en la más secreta intimidad– actúa impulsado por su natural rebeldía y un idealismo no contaminado con etiquetas políticas. Sus múltiples afanes, tanto personales como comunitarios, encontrarán sin embargo, más de un obstáculo, en un año interpretado como de mala racha por la mente supersticiosa de Hugo. Es el año que da título a la obra y no sólo genera expectativas personales, sino que se enmarca en circunstancias cruciales para la historia argentina, que cierra por entonces uno de sus muchos capítulos de gobiernos de facto, y se prepara –en medio de gran ebullición colectiva– a recibir el advenimiento de un nuevo período democrático que se anuncia peronista a todas luces.
Entre prejuicios ideológicos, resistencia social, vida familiar, intereses patronales y anhelos juveniles, se desliza sutilmente el humor, como eficaz condimento de muchas de las anécdotas pueblerinas que se entrecruzan para armar un tramo del devenir de esta “Araugasta” desbordante de olivos y de viento.

La manzana de los cuerdos
La manzana del imaginario albergue para “locos” no peligrosos donde transcurre esta historia, está situada en pleno centro de la ciudad de La Rioja, entre calles fácilmente identificables. En ese espacio, además del mencionado albergue en el que viven (o trabajan) los personajes de la novela, hay una capilla con salida independiente a la calle Hipólito Irigoyen y un hogar de niñas huérfanas (regenteado por las monjas propietarias de todo el predio) cuyo frente se ubica sobre la Copiapó. En otra de las cuadras que rodean la manzana, se levanta la lujosa vivienda de un profesional de la construcción, que gentilmente canjea favores y reparaciones edilicias por terreno y más terreno que se anexa a sus dominios.
Es ésta una novela estructurada en siete capítulos en los que la narración alterna los puntos de vista, intercalando capítulos en los que monologa el protagonista (Agustín) y capítulos en los cuales una mirada con absoluta conciencia autorial amplía la perspectiva narrativa.
Las valoraciones de Agustín mantienen la ingenuidad propia de quien nada sabe del mundo exterior porque la amnesia que lo domina sólo le permite recuperar fragmentos del pasado en imágenes oníricas y dispersas. Un sentimiento de orfandad por alguna ausencia hiriente, late con fuerza conmovedora a lo largo de la novela.
Personajes bien diseñados irán captando con sus vicisitudes, el interés del lector. Ahí están: Elena, idealista y solidaria, el doctor Quiroga que intenta apostar al amor en la madurez de su vida, la fresca Mariacé inspiradora de sensaciones y sentimientos nuevos en el protagonista, o el inolvidable Charly, de lograda caracterización, veterano de la Guerra de Malvinas, sabio y loco, cuyas aspiraciones no encuentran cabida en el mundo de la gente “normal” y terminan chocando brutalmente contra una realidad indiferente y ciega.

Obras encogidas: dos novelas cortas, ágiles e interesantes, que por momentos nos harán dudar de la pureza de la ficción y por momentos nos interrogarán acerca de la realidad en la que nos movemos a diario.

Marcela Mercado Luna (14 /10/ 2005)

domingo, 8 de abril de 2007

NUEVO MAPA DE LA POESÍA RIOJANA

Título: Nuevo mapa de la poesía riojana
Autor: Hector David Gatica
Editorial: Alta Córdoba Impresos


Lejos de limitarse a una simple reedición actualizada del Mapa de la Poesía Riojana (1989), como tal vez podría pensarse a partir del título, Héctor David Gatica reformula, en este libro, su trabajo de compilación, ampliándolo y enriqueciéndolo con el producto de las investigaciones posteriores, realizadas para los cuatro tomos de Integración Cultural, que dieron como resultado un completo cuadro de la actividad cultural en La Rioja.
El escritor de Villa Nidia se siente otra vez llamado por su inquebrantable vocación de “rastreador” para intentar un nuevo recorrido de ese sendero que la poesía riojana fue forjando a lo largo de cuatro siglos de permanencia. Una tarea nada fácil, porque el trayecto no siempre es nítido y se desdibuja en años de silencio poético dejando salpicado alguno que otro signo de inspiración, tal como sucede en los tiempos posteriores a la conquista.
Con acertado criterio, Gatica agrupa a los poetas: por generaciones (sin descuidar por ello el tratamiento en conjunto en el caso de los grupos literarios) y por procedencia, siguiendo el enfoque por departamentos usado en Integración Cultural.
En muchos casos, la mención de un autor, grupo o movimiento se completa con notas periodísticas o comentarios, tanto del propio Gatica como de otros autores que abordaron en algún momento la temática en cuestión. Otras veces, queda un nombre, un poema, una época como marca de referencia para el que desee profundizar por su cuenta un aspecto puntual de los tópicos enunciados.
También los emprendimientos editoriales tienen su espacio en estas páginas a través de la evocación de las revistas que en diferentes momentos y lugares se destinaron a la difusión de la poesía riojana. Con respecto a la publicación de libros, se recuentan aquí algunas colecciones y antologías que, en mayor o menor medida, incluyeron el género lírico.
Todos tienen lugar este mapa: los que se fueron y los que todavía están felizmente entre nosotros; los jóvenes y los viejos, los cantautores y los recopiladores, los poetas consagrados y los que aún permanecen inéditos, llegando hasta los nuevos vates presentados en la Feria del Libro La Rioja 2004, en el denominado “Panel de poetas jóvenes”.
No encontrará el lector miradas ni comentarios críticos. Encontrará, fundamentalmente (además del material ya dicho), poemas, cuidadosamente seleccionados por el compilador y puestos a la consideración del público sin intermediaciones, pero enmarcados en un claro esquema de orientación temporo-espacial. Y si, como dice la canción de María Elena Wlash, “en el país de no me acuerdo, doy tres pasitos y me pierdo...” no podemos menos que agradecer a David Gatica, este legado de memoria que él ha dado en llamar “mapa”. Más que mapa, hoja de ruta: un esfuerzo “cartográfico” de gran utilidad para ubicarnos, para conocer, sin perdernos, el terreno que pisamos cuando hablamos de poesía riojana.

Marcela Mercado Luna

sábado, 22 de julio de 2006

Julián Cáceres Freyre

Julián Cáceres Freyre
Medio riojano por línea paterna, Julián Cáceres Freyre (nacido en Buenos Aires el 3 de Junio de 1.916) se hizo riojano del todo en las vacaciones de su niñez, cuando sus padres lo traían en tren hasta Aimogasta junto a sus hermanos y a un montón de valijas y baúles que luego toda la familia subía a lomo de mula para emprender viaje hacia “Aschá” estancia donde pasaban gran parte de los veranos.
El Departamento Arauco y, particularmente Aschá, fue para Julián el comienzo de su afición por la Arqueología. Esas tierras lo vieron, junto a otros niños que correteaban bajo sus órdenes, buscar y recoger “flechas de cuarzo”, “tejitas” y otros restos de alfarería indígena para integrar sus tempranas colecciones.
En Buenos Aires, la casa de Perfecto Bustamante, vecina a la de sus padres “en el barrio de Santa Fe y Pueyrredón” (al decir del propio autor) afianzó sus inclinaciones infantiles. Perfecto Bustamante, oriundo de Famatina, se había trasladado a Buenos Aires llevando en sus pensamientos girones de leyendas regionales, y en sus baúles, vasos de cerámica, estatuillas antropomorfas, puntas de flecha, hachas de piedra y otras piezas arqueológicas que exhibía tras las vidrieras de su curioso negocio. Allí Julián desde sus catorce años las observaba con admiración. Al respecto recuerda:
“Me fascinaba ese museo, tan cerca de mi propia casa, sobre todo por tratarse de objetos nada menos que de La Rioja, los que a mí me seducían y ya, para ese entonces coleccionaba.”
Nunca se desviaron sus inclinaciones claramente orientadas. Alimentó y profundizó sus estudios y rastreos indagatorios en la misma línea, hasta transformarlos en su profesión de “antropólogo, geógrafo e historiador” como él mismo la define.
Desempeñó la docencia, ejerciendo las cátedras de “Historia del Folklore” e “Historia del Arte” en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad de la Plata y la de “Arqueología Argentina y Americana” en la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica Argentina.
Accedió a la categoría de Miembro de número en las Academias de Geografía, Historia y Sanmartiniana.
Desempeñó el cargo de Director del Instituto Nacional de Antropología, durante más de veinte años.
Fue distinguido con mención especial por el Instituto Superior de Arte y Comunicación de la Ciudad de La Rioja; recibió el “Famatina de Plata” de la Dirección de Cultura Municipal y se le declaró “Ciudadano Ilustre” por el Concejo Deliberante de la Ciudad de La Rioja.
Participó de la creación del Museo Folklórico al que donó piezas de su colección particular y prestó su más desinteresado asesoramiento.
Todo esto, para circunscribir al plano riojano, su extendido currículum.
Aquí en La Rioja, no hay lugar que no haya explorado este hombre de andar liviano, de aguda mirada y acelerada palabra acompasada con el ritmo de sus gestos característicos. Pleno de una juvenil curiosidad, paseó su estampa por toda nuestra provincia, buscando los tesoros de una cultura anterior, las tradiciones más genuinas de esta tierra y la historia de los sin historia, despertándolos para que todos pudiéramos verlos, como Perfecto Bustamante, Eugenio Giacomelli y ahora, Cesar Reyes.
Julián Cáceres Freyre falleció el 13 de junio de 1999. Se dice que en sus últimos años –aunque escribió más de un testamento- no varió jamás su determinación de descansar en La Rioja, y, en cumplimiento de sus deseos, sus cenizas fueron esparcidas en Aschá, aquella quebrada cercana a Aimogasta, donde llegaba todos los años a descansar de sus andanzas exploratorias; o acaso, a buscar al niño que corría buscando tejitas al frente de su grupo de pequeños asistentes.

Ricardo Mercado Luna: Texto extraído de la contratapa del Libro: "César Reyes: bibibliografía comentada", de JCF, editado por la BMM

miércoles, 3 de mayo de 2006

UNA VOZ ANTIGUA: FÉLIX LUNA


UNA VOZ ANTIGUA...
Félix Luna: siempre volviendo a la tierra de sus mayores

Por Marcela Mercado Luna


Si bien La Rioja ha estado siempre entre las inquietudes históricas, literarias, y aun musicales de Félix Luna, es de hacer notar que, en los últimos dos años, el reconocido escritor ha dado muestras de profundización en la búsqueda de sus propias raíces, al focalizar la mira en los orígenes y la actuación de muchos de sus ancestros.

Ferias del Libro La Rioja 2003 y 2004
Tal vez sin ser advertido por el gran público, este retorno a las raíces no ha pasado desapercibido en estos pagos donde —especialmente en las dos últimas ediciones de la Feria Provincial del Libro— los riojanos hemos sido testigos de algunos trabajos que así lo demuestran. Ya en el 2003, fuimos los privilegiados receptores de la magnífica conferencia sobre Pelagio B. Luna (tío del historiador), que pronunciara Félix en el marco de la mencionada feria; conferencia de la que, lamentablemente, no quedó registro alguno, por no haber sido grabada y porque el disertante hizo su exposición basándose en un simple boceto de los temas a tocar. Pelagio B. Luna: Retrato de un político riojano era el título de aquella memorable ponencia.
Un año más tarde, en la Feria 2004, se presentaba su libro Temas de historia de La Rioja colonial, una recopilación de crónicas y artículos sobre la temática expresada en el título, que habían aparecido en publicaciones especializadas anteriores. En ese trabajo —editado en esta ciudad por la Agencia Provincial de Cultura— Felix Luna afirma que su interés por la historia de La Rioja ha sido permanente, debido a la necesidad, entre otras cosas de “saber las andanzas de los hombres y mujeres de mi sangre, que habían estado enraizados en los avatares locales desde la remota época de la conquista...” Cabe destacar que, en el capítulo Retrato de un Guerreo del Tucumán, el historiador rescata el relato (publicado años atrás en el diario La Opinión y en el Nº 46 de la revista de la Academia Nacional de Historia) de las vicisitudes del primer Luna radicado en suelo riojano, Don Gregorio Gutierre de Luna y Cárdenas; y no será ésta la última vez que Don Gregorio habite páginas escritas por su descendiente.

La saga de los Luna
Esta suerte de búsqueda de raíces que señalamos, acaso se vea en cierto modo coronada con un pequeño libro de muy reciente aparición (octubre de 2004): Los Luna. Apuntes para mis descendientes(*). Se trata de una edición limitada, no disponible para la venta, que se distribuyó entre allegados y familiares del autor, quien se dedica aquí a rastrear la trayectoria de los Luna, empezando por el primero que adoptó ese apellido en el viejo mundo (allá por el año 1095): el aragonés Don Bacalla o Bacahala, quien comienza a usarlo a partir de la toma de la Villa de los Luna, arrebatada a los moros, y cuyos descendientes incorporaron la luna en menguante como uno de los símbolos distintivos de su escudo de armas, el mismo escudo con el que don Gregorio Gutierre de Luna y Cárdenas, sella su testamento en La Rioja, en 1676.
Claro que expresado así, con nombres y fechas remotas, podemos llegar a dar una idea errada del libro que está muy lejos de ser un mero rastreo de ascendencias y descendencias generacionales. Por el contrario, sus páginas se leen con placer y rapidez; porque está planteado como un rompecabezas que va dispersando piezas a lo largo del texto, probando su correlación, haciéndolas encajar perfectamente en muchos casos, y en otros, dejando el espacio en blanco para ser llenado por el sentido común, la imaginación o algún documento que pudiera venir a reafirmar las hipótesis diseñadas.
Pero no sólo la trama narrativa confiere amenidad al libro sino también ese registro desacartonado y familiar que eligió el autor para dirigirse a sus descendientes, porque el libro está dedicado a ellos: a sus nietos (tres hasta el momento, cuya foto luce en la contratapa) y también a “biznietos y demás fauna desconocida” quienes —se esperanza el abuelo en su dedicatoria— se interesen tal vez “por hechos y personas que de alguna manera tienen que ver con ellos”. Este lenguaje familiar se hace por momentos humorístico en la valoración irónica de ciertas acciones narradas, y se tiñe, las más de las veces, de ternura, en la evocación del padre y en esa permanente referencia a los “queridos descendientes”.

Este no es un libro de genealogía. Es mucho más que eso: es historia y es también arte. Difícilmente, los libros de genealogías tengan la frescura y la amenidad de éste, que no por desacartonada descuida el rigor del dato documental, sino que, por el contrario, lo reverencia, y además, lo encara con profunda honestidad intelectual cuando separa, frente a los documentos existentes, las deducciones de los anhelos y cuando señala las posibles respuestas a los enigmas planteados por algún bache de la documentación. Además, difícilmente un libro de genealogía pueda presumir de ilustraciones tan ajustadas al tema ni de tan pintorescos retratos: nadie duda de la sangre Luna que corre por las venas de esos ancestros tan hábilmente ilustrados por la mano del propio autor: todos de nariz prominente y anteojitos.

Finalmente, en el caso de esta lectora —Luna también, al fin y al cabo— se suma el valor agregado de saberse deudora al menos del buen don Bacahalla; y soñarse —por qué no— prolongación de alguno de los muchos personajes (la mayoría buena gente y honorable) que pueblan estas páginas.

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(*) Este libro puede ser consultado en la Biblioteca Mariano Moreno.

martes, 11 de abril de 2006

Reportaje a Mario Paoletti realizado en el año 2004

REPORTAJE A MARIO PAOLETTI

Mario Paoletti nació en Buenos Aires en 1940. Desde muy joven estuvo vinculado al periodismo gráfico a través de colaboraciones en la revista de humor político “Tía Vicenta”. En 1959 se sumó a la empresa de su hermano Alipio de refundar el Diario El Independiente, iniciando una etapa memorable dentro de la historia del periodismo riojano. Esta ciudad fue el lugar elegido para vivir: aquí cosechó amigos, aquí se casó y formó su familia, aquí nacieron y crecieron sus tres hijos, pero el destino le tenía deparadas otras vivencias y también, otras tierras. Actualmente reside junto a su mujer, Pilar Bravo, en Toledo, España, donde dirige desde 1984 el Centro de Estudios Internacionales de la Fundación Ortega y Gasset, universidad a la que acuden estudiantes de todo el mundo.



–Usted vivió 17 años en La Rioja...

–Diecinueve, si se cuentan los dos años que pasé en la cárcel de La Rioja, de infausta memoria.

–¿No lo son todas las cárceles?

–Sí, pero la de La Rioja fue la primera, en 1976. Es decir, adonde se nos empezaron a revelar las líneas maestras de lo que luego ocurriría. Y después, en 1978, volví para pasar más de un año incomunicado total. Fue el trago más duro.

–Cierta vez usted dijo, parafraseando a Borges, que a La Rioja lo unía “no el amor sino el espanto”; ¿quiere hablar de eso?

–Borges lo dijo, en célebre soneto, refiriéndose a Buenos Aires. Y yo supe, ya desterrado en España, que sentía lo mismo respecto a la Argentina y La Rioja. La explicación es obvia: me tocó vivir tiempos de espanto que sepultaron, en cierto modo, y durante un tiempo, todas las otras pulsiones positivas. Pero es algo superado. La patria de un hombre es su infancia, y está claro dónde transcurrió la mía. Además, yo mismo no tengo sentido sin ese referente. Pero es verdad que durante bastante tiempo sentí una especie de rencor por lo que había ocurrido. Sobre todo durante aquella triste época en la que había tanta gente que se empeñaba en no enterarse de lo que estaba ocurriendo y que a las denuncias de los perseguidos y los torturados respondían con un increíble “por algo será”.

–¿Podemos suponer que también suscribe los versos borgianos que siguen a esa cita: “será por eso que la quiero tanto”?

–Claro. Es por eso que la quiero tanto. Pero no sólo por eso. En La Rioja viví casi toda mi juventud. Llegué con 19 años y la dejé con 36 o 40. Los mejores años de la vida de un hombre.

–Y sin contar la cárcel ¿cómo recuerda La Rioja a la distancia?

–Tengo recuerdos que pasan por las sensaciones (las mañanitas riojanas, las vueltas y revueltas del camino a La Quebrada, un desolado amanecer de invierno en Los LLanos, las empanadas con papa y abrochadas arriba, el vino blanco de Villa Unión, los carnavales y el olor del lápiz de labio sobre la piel de las muchachas...) y otros más históricos: el trabajo en el diario –en el que a menudo me sentí Sísifo– la fundación de una familia que acabó desperdigada por el diluvio, las lecturas, algunos amigos, los primeros cuentos y poemas...

–¿Qué significó el Diario El Independiente en su vida?

–Habría que hablar mucho sobre eso. Fue una experiencia única. Yo no sé si los riojanos de hoy saben que aquel diario hecho casi artesanalmente llegó a tener la mayor difusión, en relación al número de habitantes, de todo el país. Más que “Clarín” y más que “La Gaceta de Tucumán” y más que “La Voz del Interior”. Y eso en una provincia de niños y ancianos, muy castigada por el éxodo, y con porcentajes importantes de analfabetismo. Y con un diario que estaba bien escrito, que hacía trabajo de investigación y que jamás pudo ser sobornado por el poder. Un record.

–¿Alguna vez pensó que se trataba de un esfuerzo inútil? ¿Por qué se sintió Sísifo?

–No, nunca pensé que fuera un esfuerzo inútil. Ahora, a la luz de lo que pasó después, se podría tener la tentación de pensarlo. Pero esta clase de esfuerzos actúan en períodos más largos. Hay semillas y semillas.

–¿Y entonces, Sísifo..?

–Eso no tiene que ver con el aspecto histórico sino con lo personal. A mí el periodismo –ese del día a día, de la búsqueda permanente de la noticia– me gusta poco. Además, siempre me pareció excesiva la responsabilidad que debe soportar un periodista. Se puede hacer mucho bien, pero también se puede hacer mucho daño. Sísifo fue condenado por los dioses a empujar cuesta arriba un gran piedra, eternamente. Una vez arriba, la piedra volvía a caer al fondo, y Sísifo debía recomenzar su tarea. Una condena eterna. El Infierno, dicho de otro modo. En los últimos tiempos –hacia el 75 o el 76– yo me sentí Sísifo.

–Dice que también relaciona a La Rioja con los primeros cuentos y novelas...¿Qué escribía en aquellos tiempos?

–Poesía, sobre todo amorosa (o más bien, desenamorada, escéptica del amor). Y cuentos. Buena parte de esos cuentos están recogidos en el libro Quince monedas.

–Que no se publicó aquí.

–No. Sólo hay una edición española. Pero es posible que pronto se edite en Argentina.

–¿Y recuerda alguno de esos poemas desenamorados?

–Sí, uno. Y lo recuerdo porque es corto y pienso en él a menudo. Se titula “Entero improbable”: Amar es la cuarta parte del problema. / otra cuarta parte es que te quieran / y otra que ese amor sea posible. / Pero aun si tienes todo eso / te faltará la increíble cuarta aparte / de que el amor no se te vuelva pena.

–Pesimista más que escéptico.

–Bueno, el problema queda resuelto con que el amor no se vuelva pena.

–¿Qué huellas dejó en su vida su hermano Tito?

–Fue la persona más importante que atravesó mi vida. Lo tenía todo: talento, capacidad de trabajo y coraje. Era el mejor en todo lo que emprendía. Y además era generoso. Está claro por qué se murió joven. Tito, en un día, vivía tan intensamente como otras personas en un año. Aprendí de él casi todo lo que sé, con excepción de lo literario, que a él le interesaba menos. Era un hombre obsesionado por la Justicia, y al Arte y la Literatura le preocupan otras cosas. Cometió muchos errores, pero todos se debieron a que él ya era un “hombre nuevo” en un mundo que seguía siendo muy viejo. Como suelen decir de Rivadavia, “se adelantó a su tiempo”. O quizás no, quizás el tiempo de Tito no llegue nunca y el mundo siga siendo eternamente un territorio apto para la injusticia. Si es así, se equivocó en todo.

–Usted sale de la cárcel en 1980, expulsado, y decide irse a España. ¿Por qué España?

–A Aníbal Troilo, cuando era el rey indiscutido del tango, le preguntaron una vez por qué no había ido nunca a Japón, donde la moda del tango arrasaba. “Es que en Japón no conozco a nadie...” Sabio el gordo. Elegí España por dos razones: porque allí tenía amigos y porque no suponía un cambio de idioma. Con 40 años, en el exilio y empezando otra vez de cero, no convenía exagerar la mudanza.

–Usted escribe en España tres novelas de fuerte contenido autobiográfico, que abarcan sesenta años de historia argentina, desde la muerte de Gardel hasta la llegada de Menem a la presidencia. ¿Cómo y cuándo nace la idea de escribirlas?

–En la cárcel. Desde que fue evidente que pasaría allí bastante tiempo, tuve claro que iba a tener la obligación moral de dar testimonio, si vivía para poder contarlo. Y entonces preferí integrarlo en un proyecto literario más ambicioso. Luego ocurrió la amarga experiencia de la incomunicación absoluta en la cárcel de La Rioja (por más de un año, durante 1978) y entonces el proyecto se transformó en pura estrategia contra la locura. Decidí partir de una situación concreta: un niño que se me parecería –aunque diez años más viejo que yo– cuya madre muere en el parto y es criado por su abuela. Cada mañana escribía mentalmente alguna escena y luego, por la tarde, la corregía. Con este ejercicio comprendí que la Memoria es un territorio fabuloso donde nada se pierde. Tirando de memoria, e imaginando a partir de ella, se puede rescatar absolutamente todo lo que uno ha vivido, por minúsculo que sea. Y fue la posibilidad, además, de “evadirme” (palabra mágica para un preso) de la angustiante realidad de cada día. Mientras me entregaba a la memoria yo estaba, por supuesto, en otro lado.

–Y el proyecto acabó transformándose en una Trilogía...

–Sí. La primera novela, que es la que “escribí” en la cárcel, se titula “Antes del diluvio” y concluye con el asesinato de Aramburu. La segunda, “A fuego lento”, cuenta la derrota del proyecto político de los Setenta (ese que ahora Kirchner ha revalidado) a partir de un grupo de presos en Sierra Chica. Y la tercera, “Mala junta”, cuenta el fallido (pero premonitorio) complot de unos ex-guerrilleros ya veteranos, exilados en Europa, para matar a Videla. De paso, es una reflexión sobre el exilio y la historia de un amor.

–Usted ha dicho en alguna entrevista que la escritura de estas novelas representó para usted un cierto “desquite”. ¿Qué quiso decir?

–Tendría que haber dicho “revancha”, pero es una palabra un poco mezquina. Escribiéndolas sentí que, después de todo, la Historia acabaría haciendo más caso de estos testimonios que estábamos produciendo las antiguos “delincuentes”, que de los decretos y las triquiñuelas de los militares torturadores y sus jueces cómplices. Y luego, cuando las fui publicando y recibiendo premios, volví a sentir que se estaba cumpliendo un acto de justicia.

–Un arreglo de cuentas...

–Sí. La literatura, en cierto modo, es un arreglo de cuentas.

–Ahora tiene usted 63 años...

–Sí, y acabo de escribir un “autorretrato”. Hace años que, de vez en cuando, escribo un “autorretrato”, a la manera de esos pintores que se colocaban frente a un espejo y se pintaban a sí mismos. Yo lo hago con palabras, pero tratando de seguir la misma técnica.

–¿Qué dice el poema?

–Se titula, por supuesto, “Autorretrato de los 63 años”:  Sin darme cuenta / como las uvas que se azucaran bajo el sol / he llegado a ser mi propio abuelo. / En el llano todavía engaño / pero en las cuestas muestro la hilacha. / Tiempo y espacio han empezado a dejarme / y no está mal que así sea. / Los restos de espacio los utilizo en viajes / que ya no son sino despedidas / y con los restos de tiempo construyo / las penúltimas explicaciones provisorias. / Tengo una casa frente a un río verde / y un hogar a leña con efecto alfa. / Duermo las siestas con Jack Russell / y nada hermoso me parece caro. / Lejos, junto a otro río inmóvil / una madre va dejando miguitas de memoria / por un camino que ya nadie recorrerá. / Quiero y soy querido: el paraíso. / Casi no escribo, por temor a la espuma.

–Habla allí de haber alcanzado el paraíso. No está mal para alguien que vivió unos años en el infierno.

–Sí. Y sin pasar por el purgatorio.

–No sé si puedo preguntar quién ese Jack Russell con el que duerme las siestas...

–Mi perro. Pero hubiera sido mejor dejarlo en la ambigüedad. La poesía se enriquece con lo ambiguo.

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–Usted escribió ensayos sobre Borges y Benedetti. ¿Qué lo llevó a estudiar dos escritores tan diferentes entre sí?

–Se diferencian en algunas cosas (su visión del mundo) y se parecen en otras (la emoción literaria). Se trata, básicamente, de dos poetas. Y los poetas siempre tienen puntos de coincidencia. El librito sobre Borges (escrito en colaboración con mi mujer, Pilar) nació de dos motivos. La primera y principal, que yo venía leyendo a Borges desde hacía 40 años (cuando Borges era todavía muy maltratado en su propio país) y quería agradecérselo con un trabajo en el año del centenario de su nacimiento. Y la segunda, unas palabras que Mario Vargas Llosa dijo en un congreso en el que coincidimos: “alguien debiera ocuparse de recopilar todas las anécdotas que se atribuyen a Borges”. Decidí entonces escribir un diccionario y una biografía y reunir todas esas anécdotas reales o ficticias que se le atribuyen. Así nació “Borges verbal”, un libro exitoso, con dos ediciones en Argentina, una en España y una traducción al portugués.

–¿Y “El aguafiestas”, la biografía de Benedetti?

–A Benedetti lo conocí en 1975, en Buenos Aires, donde él estaba exilado. Me lo presentó Haroldo Conti, que quería que “La línea recta”, la editorial que dirigía Benedetti, me publicase un libro de cuentos que yo acababa de terminar por esos días, y que se titulaba “Los gorriones de Pedro Broner” (que, con correcciones, se acabó publicando años más tarde en España bajo el título “Quince monedas”). A Benedetti le gustó el libro y a mí me gustó Benedetti. El libro ya estaba para entrar en impresión cuando vino el Diluvio, Benedetti tuvo que seguir huyendo con la policía en los talones (se fue a Perú y después a Cuba) y yo fui colocado a la sombra por el autodenominado ejército argentino. Nos volvimos a ver en 1984 en Madrid, donde iniciamos una buena amistad. Unos años después la editorial Planeta le pidió a Benedetti que escribiera sus memorias y Benedetti se negó, opinando que las memorias cuentan sólo la mitad de las cosas, “porque la otra mitad –la importante– no se puede contar”. Y que entonces es mejor callarse. Se pensó entonces en una biografía, y Planeta pidió a Benedetti que le propusiese un nombre. Mario me llamó por teléfono y me preguntó si quería hacerlo. Le dije que sí, y que consideraba un honor haber sido elegido. Fue una tarea muy agradable, de largas conversaciones, en Madrid, en Montevideo, en Buenos Aires y en muchos congresos y jornadas literarias en las que coincidíamos y a las que solíamos ir juntos. En Murcia, adonde fuimos varias veces (porque en su universidad funciona una de las pocas cátedras de literatura latinoamericana que hay en España) nos ocurrió algo gracioso debido a que solían confundirnos, quienes no nos conocían, por eso de que los dos nos llamamos Mario, tenemos apellidos italianos con la misma terminación y hablamos con el mismo acento. Y en una ocasión, por bromear, yo me presenté como el hijo de Benedetti. Y añadí que era hijo de él y de María Kodama. Aunque parezca increíble, durante un tiempo hubo estudiantes murcianos que, cuando los encontraba en la calle, me enviaban saludos para mi papá. Benedetti se moría de risa con estas historias. De esa biografía, “El aguafiestas” hubo una edición argentina y otra española, que fue la que se vendió más.

–El año pasado ganó usted en España el premio nacional “Francisco Ayala” con la novela Vasco busca vasco. Ya había ganado premios con anterioridad. ¿Qué significan para usted esas distinciones?

–En España dicen que “a nadie lo amarga un dulce” y todo premio tiene un porcentaje de reconocimiento, y aun de halago, que se agradece. Pero la verdad es que yo no he enviado libros a los concursos por eso sino porque, en España, es el camino más corto para la publicación, y a veces es el único. Curiosamente, Vasco busca vasco fue mi primera novela, escrita entre 1975 y 1976, que por entonces se titulaba “La punta del ovillo”. Estuvo quince años en un cajón, hasta que decidí escribir una nueva versión, que es la que ahora se ha publicado.

–¿Tiene identificadas sus influencias literarias?

–Sí, aunque supongo que no todas, porque hay algunas que son inconscientes. Pero está claro que uno vuelve una y otra vez a ciertos libros y ciertos autores y allí, sin duda, están las fuentes. Borges, Arlt, Faulkner, Cortázar, Proust, Vallejo, Neruda, García Márquez... Son muchos. Y a veces ni siquiera son libros enteros, sino un verso en un libro de poesía. Todavía recuerdo la sensación de tesoro encontrado que experimenté al leer ese famoso “yo era el hambre y la sed / y tú la fruta”, de Neruda, que sintetiza perfectamente las necesidades del amor. O ciertas expresiones de personajes de Arlt (“¿Pero vos creés que porque leo la Biblia soy un otario? Rajá, turito, rajá”) o esos milagros realistas de las novelas de García Márquez.

–¿Y si tuviera que elegir un libro entre todos?

–Haría igual que hacíamos en la cárcel: elegiría uno muy bueno pero que, además, fuera muy largo, porque los libros entraban cada dos meses y tenían que durar todo ese tiempo.

–¿Y entonces?

–Creo que El Quijote. Allí está todo. Y con un añadido: como es un libro de personajes (porque lo que importa en El Quijote es la relación entre Don Quijote y Sancho Panza) cuando se acaba de leer el libro uno puede hacer de Cervantes e imaginar nuevas aventuras. No sólo es una novela-río. Es un libro infinito, como esos que aparecen en las bibliotecas laberínticas de los cuentos de Borges.

–¿Qué está escribiendo?

–Casi nada. Algunos poemas, algunas notas para una obra de teatro sobre el Ché, poca cosa. A pedido de Jack Russell, me he autoconcedido unas vacaciones. Además, como digo en el autorretrato, escribo poco por miedo “a la espuma”. César Vallejo, en sus últimos años de París, se quejaba de que quería escribir poesía “y me sale sólo espuma”. La espuma de poesía es la verborragia, la no-poesía, lo contrario a la poesía. Hay que huir de ella como de la peste.

Publicado en el diario "Nueva Rioja" en 2004

miércoles, 22 de marzo de 2006

GAJOS DE VOCES HACHADAS

Dos  de los nuestros integran esta antología nacional: Ana María Lanzillotto y Enrique Angellelli, desaparecida la primera; asesinado el segundo; ambos, víctimas del terrorismo de estado.

Título: Palabra viva
Autores: varios
Editorial: S.E.A.

Poca difusión ha tenido en nuestra provincia el libro “Palabra Viva”, una antología que recoge textos de autores asesinados por el terrorismo de estado durante la última dictadura militar.
Los escritores que integran este volumen tienen diferente trascendencia en cuanto a su reconocimiento como tales. Así, junto a algunos renombrados y prolíficos, como Rodolfo Walsh o Haroldo Conti, se encuentran otros que recién comenzaban a publicar o que nunca alcanzaron a hacerlo, hombres y mujeres –muy jóvenes algunos– que dejaron unos pocos textos manuscritos: un poema, un relato, alguna carta...

Esta antología reviste especial importancia para nuestra provincia, no sólo por la trascendencia que la obra en sí tiene en la construcción de la memoria colectiva, sino también –y muy especialmente–  porque hay en ella dos riojanos, o para ser precisos, una riojana y un riojano adoptivo. Me estoy refiriendo a Ana María Lanzillotto y a Enrique Angellelli, desaparecida la primera; asesinado el segundo; ambos, víctimas del terrorismo de estado de la década del setenta.
Acaso los poemas del obispo mártir hayan tenido mayor difusión, debido a que circularon y circulan entre la gente que adhiere a su testimonio y pastoral. Además, los mismos se editaron, poco tiempo después de su asesinato, bajo el título “Encuentro y mensaje”: un pequeño libro que muchos riojanos conservan aún en sus hogares.
De la actividad literaria de Ana María Lanzilloto, en cambio, no teníamos casi noticias. Ella editó en vida, según lo afirma su hermana Alba Rosa, un cuadernillo de poesía, pero ni siquiera la familia cuenta con un ejemplar de esa publicación, realizada en Tucumán. Su escasa producción impresa se había vuelto ausencia, como ella misma. De ahí que los poemas incluidos en “Palabra viva” constituyan un invalorable aporte para las letras riojanas.
Los poemas de Angelelli transparentan la profunda compenetración del Obispo con el suelo riojano y su gente: hablan del cerro, del cardón, la chaya, de sus “hermanos,/ negros o blancos,/ pobre, rico o marginado”, nombran con dulzura a la “Rioja querendona”…
La poesía de Ana María Lanzillotto, por su parte, es de una exquisitez y una hondura humana admirables, lo que conmueve profundamente aunque no sorprende, ya que provenía de una familia de notables poetas: sus dos hermanos, Carlos Alberto y Carlos Mario integraron, como se sabe, el grupo Calíbar. Su padre, Nicolás, fue también escritor. Entre los textos de Ana María se encuentra un extraordinario retrato de su hermana melliza, Tina, otra vida joven, truncada en los campos de concentración del Proceso.
El espíritu libre de la poeta no parece encajar en el mundo circundante: “estoy de más en el mecanismo complicado de este país hostil/ que me presta la última ternura/ justo al abrirse mi esperanza.”
“Me voy hacia el olvido”, declara Ana María. En esto se equivocaba. Hubo –después de su dolor– madres, hermanos y hermanas, hijos, compañeros, amigos, y un pueblo que dijo no para siempre al olvido.
Testimonio contundente de memoria es esta antología, que no sólo recoge textos de 71 autores, junto a una breve reseña biográfica de los mismos, sino que, además, completa el cuadro con los datos de otros 32, cuya obra no pudo ser encontrada.
La recopilación estuvo a cargo de SEA (Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina) y la edición fue posible gracias al aporte de CoNaBiP (Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares).
El libro puede ser consultado en la Biblioteca Mariano Moreno y en todas las bibliotecas populares del país.


Marcela Mercado Luna